No creo que sea completamente inútil para contribuir a la solución de los problemas políticos distanciarse de ellos algunos momentos, situándolos en una perspectiva histórica. En esta virtual lejanía parecen los hechos esclarecerse por sí mismos y adoptar espontáneamente la postura en que mejor se revela su profunda realidad.
JOSÉ ORTEGA Y GASSET

viernes, 3 de febrero de 2012

Editores, libreros e impresores en el umbral del Nuevo Régimen de Manuel Morán Orti, y los ciclos de cambio tecnológico.

La frase de Ortega y Gasset que encabeza El Polemista es una reivindicación del uso de la historia para la interpretación del presente y poder así intuir el futuro. Pues bien, este Editores, libreros e impresores en el umbral del Nuevo Régimen (Ed. CSIC) es una magnífica herramienta para analizar la adaptación que el mundo del libro fue capaz de llevar a cabo en otro momento de grandes cambios culturales y tecnológicos como el que estamos viviendo ahora. El libro se centra en el periodo final del siglo XVIII donde se da “una situación de equilibrio más o menos estático entre formas artesanales de producción y comercialización de papeles impresos, y su recepción efectiva en círculos reducidos de lectores.” Tratando la edición española y especialmente la de Madrid, Manuel Morán nos lleva a una Villa y Corte donde convivían unas 125 familias de libreros con 80 puntos de venta aproximadamente, y cerca de 500 impresores trabajando en 28 establecimientos tipográficos. Por aquel entonces, aunque los editores privados concentraban la mayor parte de la iniciativa editorial, eran los impresores los que adelantaban el capital para realizar las ediciones. Como curiosidad, La Alcarria era la principal fuente de recursos humanos para el sector, lo cual se veía reforzado por los fuertes lazos de parentesco y de nupcialidad en el gremio. Se trata de un modelo de predominio de la empresa familiar sobre el modelo de compañía mercantil, con manifestaciones de religiosidad corporativa y mutualismo asistencial, y eso quedaba reflejado en los libros que editaban y vendían, pero sería equivocado imaginar un contexto arcaizante y gremial, porque si bien las conexiones familiares pesaban mucho, el factor determinante para iniciarse en ese comercio era tener el dinero para adquirir los libros.
Es curioso, algunos debates se mantienen, resulta muy interesante imaginar el contexto en el que Carlos III aprueba disposiciones sobre el precio de libro en un marco en el que la todopoderosa Compañía de Impresores y Libreros del Reino financiaba a gran escala la edición de libros de rezo eclesiástico en Amberes. En 1763, “Carlos III había hecho aprobar otras disposiciones en sentido liberalizador: en lo principal, la libertad de precio para los libros (aunque excluyendo los considerados de primera necesidad) y la enajenación de los privilegios de impresión pertenecientes a manos muertas, conservándolos para el autor y sus herederos en el moderno sentido del copyright.” Ya se daban algunos rasgos del capitalismo comercial que normalmente atribuimos a tiempos posteriores en un contexto de cooperación pero también de competitividad.
Es bonito imaginarse aquel Madrid donde si bien las imprentas se encontraban en los rincones más apartados las librerías se ubicaban especialmente en pleno centro, concretamente en las bocacalles de la Puerta del Sol, y hace una idea de lo que implica en los mecanismos de formación de la opinión pública a escala local. Como en todas partes, los libreros españoles no se limitaban a la venta minorista de papeles impresos, algunos eran especialistas en libros antiguos y tasadores de bibliotecas, “lo que era coherente con un orden cultural en el que aun pesaba mucho la tendencia a la preservación del saber antiguo –perenne, estable y ortodoxo- y quizás menos la promoción del progreso intelectual y del pensamiento creativo.”
En la medida de sus posibilidades económicas, los libreros eran también editores, hay constancia de decenas de libreros que solicitaron licencias de impresión (un indicio para la identificación del editor) a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Así, los libreros acaudalados actuaban de editores, libreros e impresores. Si bien la adquisición de una imprenta tradicional estaba fuera de una renta normal para la época -sin ser una inversión desmesurada-, los alquileres no eran muy caros salvo en zonas muy céntricas, lo que derivaba en que los impresores se mudaran con frecuencia a la periferia y solo cuando vendían los libros en el mismo local buscaban ubicaciones más céntricas.
Por su parte, la tecnología se basaba en aparatosas prensas manuales de madera que no habían incorporado grandes innovaciones durante siglos ya que la velocidad de impresión bastaba para satisfacer sin problemas la demanda. Si bien en este punto el coste no era muy alto, sí lo era en cuanto al papel, artesanal y de gran calidad, especialmente el que venía de Cataluña, como lo eran también los jornales de cajistas y prensistas por la cualificación que requerían. “Así pues, en la época preindustrial era el capital circulante y no el fijo el factor fundamental en el proceso editorial, y por tanto, los libreros adinerados desempeñaban el papel de editores con más asiduidad incluso que los impresores, puesto que en condiciones normales la naturaleza de su negocio –venta directa en locales, intercambios y distribución al por mayor a otros libreros- les permitía amortizar su inversión en menos tiempo.” Quien iba a decirnos que 250 años después la tecnología nos iba a llevar al mismo sitio.
Las tiradas solían ser pequeñas, el universo cultural español hacia 1800 era desolador y el porcentaje de lectores en España era cuatro veces menor que por ejemplo el francés. Así las cosas es fácil imaginarse que los libros de entonces eran caros, pocos, muy orientados hacia personas instruidas con buenas rentas, de temática mayoritariamente centrada en las humanidades y la religión, de un perfil muy arcaizante y con un muy bajo número de títulos científicos. Dado el control gubernamental que sobre ellos se realizaba eran de orientación muy conservadora y conformista, y claro está muy inducidos por la férrea censura. Se pregunta el autor si los efectos más sutiles y profundos de aquel clima no tuvieron lugar a largo plazo al retrasar y debilitar la expansión del hábito de la lectura.
En fin, la causa de la ruptura de aquel modelo editorial estará en la liberal y sus consecuencias: “Modificó, en efecto, el marco político y legislativo que constreñía a escritores y lectores, consolidó la filosofía individualista que ya presidía la economía editorial, renovó los discursos escritos de forma acorde con el nuevo sistema de ideas y valores estéticos asumidos por los españoles y afectó a las condiciones de vida de la gente del libro.”
Evidentemente, el ciclo de guerras de la época provocó entre otras crisis circunstanciales el estrangulamiento del comercio, especialmente la Guerra de la Independencia. La caída de las ventas y la contracción de actividad dejaron paso a una lentísima recuperación. No faltan en este libro ejemplos concretos de libreros o editores y de sus posicionamientos en el conflicto.
No sería hasta la llegada del Trienio Liberal cuando se entra en una fase de expansión de la producción y comercio de papeles impresos, y no solo por que la libertad de imprimir y los acontecimientos políticos indujeran a la lectura de libros, sino por el extraordinario impacto económico que la explosión de periódicos y folletos provocaron en el sector. Todo aquello, como es previsible dio al traste con el triunfo de la reacción absolutista y la prohibición como norma general de los periódicos que habían sido el principal motor de la industria editorial. La pérdida de los mercados americanos supuso también un duro golpe para el sector.
Al filo de los años 30 del XIX aun prevalecía la clásica asociación de la imprenta con el negocio de la librería y la encuadernación, pero también con el ramo de fundición de caracteres e incluso con el del papel.
Y sería la nueva boga literaria que venía de fuera  (especialmente de Francia) la que hizo que los editores de éxito fueran progresivamente abandonando la ilustración de corte erudito y elitista a favor de las novelas de esparcimiento. En ese nuevo clima los editores emplearon con gran profusión catálogos y prospectos, colecciones, suscripciones previas y periódicas con el fin de reducir riesgos financieros y llegar a públicos más amplios.
Así, el asentamiento definitivo del régimen liberal a partir de 1833 y la eliminación de las prohibiciones y restricciones legales a la edición, fueron decisivas para la llegada de un público masivo que cambiaría definitivamente y con medio siglo de retraso con respecto a países como Inglaterra la edición española introduciéndola en la modernidad. De la mano de la demanda implícita de la lectura y los cambios legales llegó la ampliación de las tiradas y la necesaria innovación tecnológica para satisfacerla. Redundó de manera decisiva en el precio de los libros, aunque ahora serían de peor calidad,  y esta auténtica revolución realineó a todos los agentes que operaban en el proceso del libro. La adquisición de modernas y caras prensas mecánicas dejó fuera a los libreros de la producción relegándolos a la distribución de libros al por menor.
“En tales condiciones, la necesidad de una acumulación previa de capital fue el factor que impuso la especialización: surgió entonces la figura del editor profesional, con plena independencia de sus antecedentes libreros, con frecuencia al frente de sociedades por acciones que trataban de amortizar el nuevo equipamiento mediante la edición de colecciones de libros y publicaciones de diversa índole.” Así, se alcanzó un nuevo equilibrio entre la oferta y la demanda en el que intervinieron agentes adaptados a las nuevas condiciones editoriales.

Editores, libreros e impresores en el umbral del Nuevo Régimen es una verdadera delicatessen. Este librito, en su centenar de páginas es un ejemplo de erudición y de capacidad de transmisión del conocimiento, no solo para comprender el periodo histórico que trata y las repercusiones posteriores, sino que se presenta como una verdadera fuente de reflexión sobre los procesos de cambio que se están produciendo en la actualidad en el mundo editorial. Y además es un libro de una gran belleza, magníficamente editado al que no le falta una fantástica bibliografía.
No debería pasar inadvertido para ningún amante de los libros y de la historia.


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