No creo que sea completamente inútil para contribuir a la solución de los problemas políticos distanciarse de ellos algunos momentos, situándolos en una perspectiva histórica. En esta virtual lejanía parecen los hechos esclarecerse por sí mismos y adoptar espontáneamente la postura en que mejor se revela su profunda realidad.
JOSÉ ORTEGA Y GASSET

jueves, 21 de junio de 2012

La energía después de Fukushima de Cristina Narbona y Jordi Ortega, y, el debate que no se puede posponer.

Sin duda es el momento de hablar del futuro energético a pesar de que un año después de la catástrofe nuclear de Fukushima seguimos sin saber las consecuencias reales de aquel desastre. En realidad, las de su antecesor, Chernóbil, tampoco las conocemos casi tres décadas después, y no deja de ser curioso que si entonces los silencios y los secretos se explicaban por la naturaleza totalitaria del régimen soviético, hoy, una democracia moderna y absolutamente consolidada como la japonesa evidencia que la cuestión nuclear es inseparable de la ocultación sistemática de la realidad.
Dejo por delante que mi posición al respecto se sigue basando en la duda y que como ya sostuve en su día en El Polemista al comentar el excelente El espejismo nuclear de Marcel Coderch (http://elpolemista.blogspot.com.es/2011/03/el-espejismo-nuclear-de-marcel-coderch_27.html) este asunto hay que empezar a tratarlo abiertamente y sin prejuicios.
La energía después de Fukushima (Ed. Turpial) es todo un alegato antinuclear y una apuesta decidida en defensa de las energías  renovables.
Después de abrir con una útil cronología los autores intentan desmontar los argumentos que habitualmente sirven para justificar la energía nuclear: Ni barata, ni limpia ni segura. Respecto a cual es su coste: “incalculable. Porque incalculables son los costes asociados a garantizar la seguridad del funcionamiento de las plantas y el mantenimiento de los residuos radioactivos generados por las mismas; salvo que sigamos aceptando que la reparación de los efectos devastadores de un eventual accidente, a lo largo del prolongadísimo ciclo de vida de esta energía, debe ser asumida por el conjunto de los ciudadanos, es decir, socializada.”
Tampoco es limpia según Cristina Narbona (ex Ministra de Medio Ambiente de España) y Jordi Ortega (reputado especialista en Cambio Climático y Sostenibilidad). Mientras que los defensores de lo nuclear sostienen que esta energía no emite CO2 y así contribuye a la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, los autores sostienen que tanto la extracción de uranio como el transporte y el almacenamiento son emisores de CO2 entre otros gases contaminantes, pero sobre todo generan residuos radioactivos de altísima peligrosidad, ya que los isótopos radioactivos son la forma de contaminación más destructiva y duradera conocida.
Y respecto a la seguridad los hechos tienen nombres y apellidos, Three Mile Island, Chernóbil y Fukushima. Y los riesgos potenciales hoy ya nadie puede negarlos.
El terremoto que el 11 de marzo de 2011 sufrió Japón y las consecuencias que el posterior tsunami generó en la central nuclear de Fukushima cubre un espacio importante en este libro, como no podía se otra manera. Y algunas de las conclusiones podrían generar discusión: “En realidad, la causa del accidente nuclear de Fukushima no fueron el terremoto y el tsunami. Estas catástrofes naturales provocaron una pérdida prolongada de suministro eléctrico, algo que hubiera podido producirse por otras razones, naturales o humanas: un atentado terrorista, un fallo técnico debido a errores en la gestión de la planta, un sabotaje, una inundación causada por tormentas…”, y tampoco falta el mensaje ideológico no menos discutible: “ Los mismos ingenieros financieros que sostenían haber dominado los riesgos mediante sofisticados productos financieros y que han desarrollado una estrategia de minimización de los riesgos idéntica a la de la catástrofe de Fukushima, frente a la que los ingenieros nucleares se esforzaron en mostrar que todo estaba bajo control, a pesar de las evidencias.” Los autores no dudan en calificar a Fukushima como un “Chernóbil a cámara lenta”  aunque esperan de ello que sirva para un cambio de paradigma ahora que hay alternativas renovables que ya no son una utopía.
Y es que justamente lo que ha cambiado tras el desastre nipón no es el riesgo en sí, sino la percepción que la sociedad tiene de él. Aun así esa percepción no es igual en todas partes, de hecho en los países emergentes la ciudadanía no tiene la misma información ni la capacidad de influir en las decisiones públicas que en las sociedades democráticas, y ese, a juicio de Narbona y Ortega, junto a la debilidad de las instituciones añade riesgo a la opción nuclear, y por supuesto, no solo a su uso pacífico, también y de especial manera a su utilidad militar.
Un ejemplo del cambio de las sensaciones en la población que genera el debate nuclear lo tenemos en Alemania. Si bien en los setenta el movimiento antinuclear se llegó a considerar un peligro para el desarrollo del país y las posiciones políticas al respecto se han ido alternando, tras la catástrofe japonesa, la antes pro-nuclear Angela Merkel cambia de postura radicalmente y el 17 de marzo de 2011 el Bundestag aprobaba una moratoria a la política energética en favor de las nucleares: “Con esta decisión Alemania demuestra que no es incompatible mantener el liderazgo industrial y prescindir de la energía nuclear”. Los autores califican a la Canciller alemana con la asombrosa afirmación de “Se la podrá acusar de todo menos de inmovilismo”. Me temo que aquí la pasión antinuclear se ha cobrado una mala pasada en Ortega y Narbona.
En fin, que mientras Reino Unido y Francia se mantienen como valedores absolutos de la energía nuclear, Alemania, Italia (tras referéndum), Bélgica y Suiza han cambiado radicalmente sus políticas estratégicas.
Y por fin este La energía después de Fukushima llega a España, y lo hace con un dato a tomar en cuenta, y es que Zorita, nuestra primera central nuclear, se inaugura solo trece años después que Calder Hall (Reino Unido), la pionera a nivel mundial. Y es que la cooperación entre España y EEUU en esta materia dio frutos desde el primer momento como no podía ser de otra forma en las pretensiones autárquicas de carácter militar del régimen franquista. Y avanzamos: “A pesar del frenazo al Plan Energético Nacional (1978) tras la moratoria de 1983, la energía nuclear en España llegó a representar en 1986 el 35% de la electricidad consumida, porcentaje que ha ido reduciéndose hasta situarse en el entorno del 20% durante los últimos años, inferior a la aportación del conjunto de las energías renovables y por debajo también del porcentaje de electricidad generados por los ciclos combinados.”
Y bien, aquí entramos en un debate que se traslada al ámbito puramente político, porque si bien los informes de la fundación FAES (adscrita al Partido Popular) abogan por una reducción del apoyo a las energías renovables y la prolongación de la vida de las centrales nucleares excusándose en el llamado déficit tarifario, Narbona y Ortega (izquierda sin complejos), se lanzan al desmontaje de tales tesis: Nuestra importación de recursos energéticos es el 90% de los combustibles utilizados. Esta dependencia exterior comporta ya más del 80% de nuestro déficit comercial. Así podemos entender las consecuencias sobre nuestro demonizado déficit de cada aumento del precio del petróleo. O sea, que no es difícil entender que tal intensidad energética en términos de PIB debería hacer evidente la necesidad de ahorro y eficiencia como prioridad en la política energética. Muy al contrario, nuestro modelo energético es ruinoso y se traduce en pérdida de competitividad agravado como consecuencia del oligopolio dominante y la regulación inadecuada. Esto nos lleva al déficit de tarifa, que resumiéndolo, es la diferencia entre los ingresos de las empresas eléctricas y los costes reconocidos del sistema. Actualmente se cifra en 24.000 millones de € y aumenta cada año entre 3.000 y 5.000 millones de €. Según los autores la causa radica en “el reconocimiento de costes muy superiores a los reales a las empresas que producen electricidad a partir de centrales nucleares e hidroeléctricas, y que resultan retribuidas al coste marginal, marcado por las centrales de carbón y de ciclo combinado.” En este sentido no puedo más que asombrarme ante el silencio que Cristina Narbona mostraba cuando era miembro de un gobierno (el de José Luis Rodríguez Zapatero), que aceptaba este tipo de prácticas. Toda denuncia es necesaria, pero si cuando la responsabilidad política no la hace práctica, puede perderse entre las páginas de un libro como este.
Pues bien, el actual -cualquiera lo diría- gobierno de Mariano Rajoy paraliza el avance de las energías renovables suspendiendo sus primas y adopta medidas como la prolongación hasta 2019 de la central nuclear de Garoña (a Narbona se le olvida que su gobierno también decidió alargar la vida de la misma aunque no tanto, o sea, que en tal caso sería una cuestión cuantitativa y no cualitativa, aunque es indiscutible la diferencia de concepto energético del anterior gobierno socialista y el actual conservador): “Es un auténtico disparate tomar una medida con tan importantes consecuencias negativas y hacerlo además en nombre de la austeridad de las cuentas públicas, puesto que el coste de las energías renovables no tiene ninguna incidencia sobre el déficit público.” En este sentido, los autores afirman que “es perfectamente viable avanzar a medio plazo hacia la producción de electricidad 100% de origen renovable.”
No faltan antes de las conclusiones finales en este La energía después de Fukushima las menciones a las consecuencias que tendrán las medidas adoptadas por el Gobierno Rajoy de reducción drástica de inversión pública en ciencia e investigación entre tantas medidas antisociales y que sin duda a la hora en la que escribo estas líneas no son más que la punta de un iceberg que de manera siniestra asoma sobre el bienestar de nuestra sociedad.
“Las lecciones de lo acaecido en Fukushima servirán de poco si no se traducen en una aproximación diferente, más exigente y más responsable, de los ciudadanos, desde un nuevo enfoque de los conceptos de bienestar, seguridad, prosperidad y progreso. Todo un desafío, por cierto, para las fuerzas políticas que se proclaman comprometidas con las construcción de un mundo mejor.”
No puedo estar más de acuerdo con la última afirmación y espero que Cristina Narbona sea capaz de convencer a su partido de estas tesis, hasta ahora no lo ha sido.

No dejen de leer este libro, más allá de la posición al respecto del lector se encontrará con un elemento práctico de uno de los debates que nuestra sociedad no puede dejar de lado por más tiempo. ¿Queremos nucleares o no? ¡Empecemos por informarnos!



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