No creo que sea completamente inútil para contribuir a la solución de los problemas políticos distanciarse de ellos algunos momentos, situándolos en una perspectiva histórica. En esta virtual lejanía parecen los hechos esclarecerse por sí mismos y adoptar espontáneamente la postura en que mejor se revela su profunda realidad.
JOSÉ ORTEGA Y GASSET

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Contra el poder. Conflictos y movimientos sociales en la historia de España de Juan Sisinio Pérez Garzón, y conflicto social frente a conflicto político.

Ya desde su prólogo Contra el poder (Ed. Comares) es toda una declaración de intenciones y contextualiza el concepto de conflicto social. Por poner un ejemplo entre varios:
“… cabe subrayar también la idea de Gramsci sobre el conflicto social que de ningún modo lo reduce al antagonismo entre la clase dominante y la dominada sino que plantea cómo en toda sociedad se producen otros movimientos de protesta y oposición al orden social establecido, con una pluralidad de expresiones  que requiere desentrañar estrategias de poder, los distintos puntos de focalización de dominio y los impulsos para cambiar un presente que no gusta, en una dirección siempre abierta porque la contingencia forma parte del resultado de la pugna.”
Contra el poder comienza su andadura conflictiva en la revolución agrícola en la que la domesticación de plantas y animales acabó con la cooperación entre humanos que había sido la forma en la que se había producido la colonización del planeta por parte de los humanos. Así, la revolución agrícola formará el excedente económico y la aparición de formas de poder que desembocará en lo que llamamos Estado; y surgieron las desigualdades y los consiguientes factores para el conflicto entre humanos.
“Los periodos de embarazo y lactancia no permitían igual dedicación de las mujeres a las tareas agrícolas. También el comercio a larga distancia y la guerra eran de más difícil realización  para las mujeres por los mismos motivos, porque la reproducción pasó a situarse en el objetivo prioritario de la comunidad, para ensanchar su base demográfica, su fuerza de trabajo y sus posibilidades de expansión. De este modo, las mujeres fueron separadas del control de las cosechas, del comercio y de la guerra (aunque hubo casos de participación en guerras). Perdieron, por tanto, el anterior estatus de igualdad en la toma de decisiones. Se vieron situadas en una posición de dependencia del varón que, al decidir  sobre los recursos económicos, también pasó a decidir  sobre las personas a las que alimentaba y defendía.”
En el periodo que va desde el primer milenio a.C. hasta el siglo XVIII de nuestra era, los conflictos y protestas sociales tendrán al campesinado como absoluto protagonista por ser fundamentalmente sociedades agrarias.
El paso de la caza y la simple recogida a la agricultura y la ganadería se produjo en la Península ibérica entre el VI y el IV milenio a.C. Y fue en los inicios del último milenio a.C. cuando los pueblos comerciantes del Mediterráneo oriental se establecieron en la Península, fenicios, griegos, cartagineses y romanos a finales del siglo III a.C. Aquí dominaron siete siglos antes de asentarse los visigodos.
Roma lamentó (y se justificó) bajo el permanente estado de guerra entre las tribus peninsulares y destacó su papel pacificador, y ello aunque obviamente Roma no necesitaba pacificar para controlar la minería, agricultura, pesca… peninsulares, los romanos significaban esclavismo y otras formas económicas y sociales que implicaban la desintegración de equilibrios de poder establecidos entre los distintos pueblos peninsulares.
Igualmente el fenómeno del bandolerismo fue constante debido a que la nueva estructura social en la que habían surgido minorías que acumulaban tierras y controlaban recursos generaban una desigualdad social causante de la organización de partidas y ejércitos de a veces miles de hombres como los acaudillados por Viriato, Kaisaros, Púnico o Kaukeno.
Más organizados, los bagaudas (283 d.C), campesinos en semiesclavitud junto con colonos asfixiados y todo desheredado en busca de sustento, donde los agricultores eran la infantería y los pastores la caballería, y que cuando Maximiano en el 286 los controló comprobó que no podía aniquilarlos sin acabar con la mano de obra de aquellos terratenientes a los que pretendía defender.
Es en estos siglos donde la Iglesia se hace religión oficial del Imperio y los obispos ocupan la cúspide de la jerarquía social, parte esencial de la administración pública y representantes de la fe oficial: puro orden dominante.
Por ello a partir de entonces, los movimientos sociales se revestirán además de ingredientes religiosos y toda resistencia a las autoridades religiosas será además herejía. Ello perdurará durante muchos siglos.
Imposible no citar al obispo rebelde y decapitado por ello Prisciliano en la segunda mitad del siglo IV, formó comunidades de igualdad de sexo, igualitarismo y de radical oposición a las doctrinas oficiales en un claro dualismo maniqueo. El cristianismo  oficial y jerárquico de Nicea (año 325) contra un cristianismo espiritual.
Aunque no ha faltado la inevitable interpretación nacionalista gallega en nuestro tiempo el movimiento se extendió por toda la Península y que se mantuviera nada menos que tres siglos es realmente sorprendente, como el que paradójicamente sirviera de expansión del cristianismo entre el paganismo. ¿Y si no fuera descabellada la tesis de que la tumba de Santiago en realidad fuera la de Prisciliano?
La Alta Edad Media (siglos V al XI) estará marcada por las luchas por la supremacía entre los imperios bizantino, islámico y carolingio, en la plenitud de la Edad Media (XI al XIII) se suma el Papado como protagonista y en la Baja Edad Media (XIV y XV) entrarán en juego los reinos cristianos  cuyas estructuras anunciaban la formación de los Estados modernos. Ahora bien, en las tres etapas si hubo un actor determinante con un extraordinario poder económico, político y de casi monopolio cultural, ese fue la Iglesia católica.
Contextualizado así el marco en el que evoluciona la Península Ibérica se generan conflictos sociales similares a los que se suceden en otras sociedades europeas y mediterráneas: el campesinado, la columna vertebral de todas las sociedades europeas desde el Neolítico hasta el siglo XIX no habrá cambiado esencialmente como clase social pero habrá asistido a grandes modificaciones en las estructuras políticas, en las relaciones sociales y en el modo de ver como es desposeído del excedente agrario.
En la Península el paso en el siglo V de suevos, vándalos, alanos y sobre todo visigodos no cambiará esencialmente las estructuras sociales; en el proceso de la feudalización social hispano-visigoda participaron los obispos y se afianzaron como casta aristocrática política y económica, lo que se consolidó tras abandonar Recaredo el arrianismo para abrazar el catolicismo.
La llegada de los musulmanes liderados por árabes en el siglo VIII impuso la islamización y la arabización en casi toda la Península e introdujeron un nuevo tipo de conflicto social que podemos llamar identitario: mozárabes, revueltas muladíes y los movimientos anti hebraicos. Todos ellos comparten un sentido de colectividad que no se explica solamente desde aspectos socioeconómicos, entran en ellos los étnicos y religiosos.
Además el señorío formado por aristócratas, laicos o eclesiásticos que en ejercicio de su dominación militar ejercen la dominación económica sobre tierras y campesinos  hasta los siglos XI-XIII no transmitirán sus privilegios por la vía de la sangre, que es cuando pasan a ser un estamento nobiliario. Es en este periodo cuando los malos usos feudales comenzarán a ser considerados como abusivos y se recrudecerán los conflictos, especialmente en el siglo XIV en el que la reducción de la población produjo una mayor voracidad de las clases dominantes para mantener la fuerza de trabajo y explotarla, y ello, en un fenómeno común a toda Europa generó conflictividad, muchas veces se apoyó en ideas igualitarias interpretadas del cristianismo.
“En efecto, los aristócratas que hoy conocemos en los libros de historia titulados como grandes de Castilla fueron auténticos bandoleros de la Baja Edad Media. Esas grandes familias practicaron lo que el historiador Tomás y Valiente ha definido como bandolerismo aristocrático-feudal para diferenciarlo del bandolerismo social de cuadrillas que se echaban al monte para sobrevivir o para huir de la opresión señorial…”
Excelente el trato que reciben los muy diversos conflictos en este Contra el poder. Conflictos y movimientos sociales en la historia de España de Juan Sisinio Pérez Garzón algunos como los Irmandiños o los Payeses de Remensa, pero en general no habrá ninguno relevante que no encuentre su necesaria explicación.
“La expresión violenta del malestar social enfocado contra los judíos fue un fenómeno que ocurrió en toda la cristiandad. Comenzó en la Europa central y lo desencadenó la grave crisis desarrollada tras la peste de 1348 que numerosos predicadores atribuyeron a un castigo divino por permitir la existencia de un pueblo que había matado al hijo de Dios y que además robaba a los cristianos con la práctica de la usura.” Aunque fueron muchos, en la Península Ibérica el estallido antijudío más dramático se produjo en Sevilla en 1391 y se extendió por diferentes ciudades andaluzas y castellanas perdiéndose así las aljamas, según testigos de la época, de Sevilla, Córdoba, Burgos, Toledo, Logroño, Barcelona, Valencia… y las que quedaron empobrecidas y dañadas.
El Papa facultó en 1478 a los Reyes Católicos a implantar el Tribunal de la Inquisición en Castilla, Torquemada en 1483 ya había montado 23 tribunales, en 1500 ya los tenían en Aragón hasta llegar a Cerdeña y Sicilia y el 31 de marzo de 1492 se decreta la expulsión contra todos aquellos que no se hicieran cristianos en el plazo de cuatro meses.
Llegaba el siglo XVI y Navarra anexionada y Granada conquistada se sumaban a las coronas de Aragón y Castilla; y llegamos a América donde exportamos el modelo de coerción feudal existente en la Península.
“… desde el siglo XVI se constata la aparición de actores sociales que promovieron estructuras de movilización desde marcos identitarios de rechazo a las formas de dominio de ese Estado imperial construido sobre dos continentes. El propio Estado, personificado en los intereses de la Corona, desarrolló un proceso de fortalecimiento con un protagonismo inédito hasta entonces. De este modo, junto a las divisiones de clase social, aparecen los sentimientos de pertenencia como expresión de valores cuya defensa movilizaba a las gentes contra las políticas de la corona. Esto ocurrió tanto en la Península como en tierras americanas.”
Este es el contexto en el que podemos explicar a Comuneros o Agermanados, la Guerra dels Segadors o también las luchas nunca reconocidas de los esclavos africanos  y desde luego las movilizaciones indígenas contra la colonización de América.
Estos movimientos sociales de la Edad Moderna entre el siglo XVI y XVIII no son todavía conflictos pre-políticos, fueron acciones colectivas que aprovecharon las oportunidades políticas en cada caso incluido alianzas de clase y aunque fracasaran, resultaron motores de cambio.
“En los movimientos sociales no solo se constata la desigualdad social o de clase como factor desencadenante  de los mismos, también existen otras desigualdades  como la religiosa, cultural y étnica, que también se solapan con factores sociales. En concreto, en la Monarquía hispánica del siglo XVI la situación de los musulmanes hispanos, obligados a convertirse al cristianismo, fue un conflicto permanente hasta su trágica expulsión en 1609. Además, en este conflicto se vieron involucradas todas las clases sociales. A eso se unió la dimensión internacional pues tanto el papa como el Sultán otomano se convirtieron en actores  y factores explicativos de unas u otras medidas de la Monarquía hispánica.”
La segunda parte de este Contra el poder. Conflictos y movimientos sociales en la historia de España de Juan Sisinio Pérez Garzón se centra en las movilizaciones sociales en la era del capitalismo que van de 1808 a 1978.
“Las revoluciones liberales de los Estados Unidos de América y Francia lanzaron a la palestra de la historia la triada conceptual de libertad, igualdad y fraternidad. Estas tres ideas, y sus contrarias, han marcado las aspiraciones de los movimientos sociales en sus distintas fases y modulaciones desde entonces hasta el presente. Han actuado como catalizadores de los conflictos y luchas sociales, políticas y culturales de individuos, pueblos, clases sociales, mujeres, etnias… en una onda expansiva que se ha desarrollado por todo el planeta y definen lo que se conoce como modernidad o proceso de modernización de las respectivas clases sociales.” Y así se abrió la puerta a nuevos agentes sociales, primero como amplio y ambiguo concepto de pueblo y luego en protagonistas concretos como las clases sociales, las naciones, las mujeres… y todos los actores que se han lanzado a la “conquista de la libertad”. 1789, la revolución francesa, inicia la Edad Contemporánea; y aquellas revoluciones en los años siguientes se solapaban con la revolución industrial, porque revolucionario era el proceso de interconexión entre tecnologías, máquinas y el uso de nuevas fuentes de energía, para que la conjunción de revoluciones liberales y la revolución industrial convirtieran al capitalismo en el nuevo modo de organización de la economía; claro, con ello también venía el pacto y la derrota social, el conflicto y la desigualdad que en España tendrá dos claras etapas:
La primera transcurre desde 1808 a 1890, cuando las movilizaciones colectivas construyeron la ciudadanía española como concepto político cimentado en la libertad civil. Se trata de una etapa coincidente con el mismo proceso en el resto de Europa, aparecen los derechos de los individuos y de las patrias, de la consiguiente organización de Estados representativos y sobre todo, del surgimiento de nuevas desigualdades. Pueblo y nación se convierten en nuevos argumentos para la cultura política, la burguesía se convierte en la clase dominante y las movilizaciones de las clases populares serán determinantes en los cambios que acontecerán.
Entre 1808 y 1890 cambiará radicalmente la sociedad, se producirá la revolución liberal y emergerán nuevos poderes burgueses; se destruirán jerarquías sociales y aparecerán nuevas identidades sociales. ¡Y el Estado! A partir de entonces el Estado se convierte en el referente de toda movilización y, por tanto los impactos de las acciones colectivas solapan lo social con lo político, lo cultural con lo ideológico y lo religioso aunque este habrá perdido su papel de referente predominante en favor del Estado.
La revolución antifeudal entre 1808 y 1839 enmarcada entre la nueva dialéctica de derechos y deberes anudados en torno a la defensa de la patria marcada por la nueva lealtad frente a las anteriores de rey y religión; contra el poder, de Ilustrados a Liberales y contra revolucionarios carlistas hasta la impugnación social del liberalismo de 1839 a 1890. Y es que hubo efectos secundarios:
“Tales políticas desposeyeron a los campesinos de sus derechos consuetudinarios y, en general, les arrebataron los derechos sobre los bienes comunales, tan decisivos para la subsistencia familiar. Por otra parte, las nuevas relaciones de propiedad se transformaron en talismán indestructible para el Estado de los liberales…”
Si las movilizaciones por la propiedad de la tierra fueron específicas del mundo agrario, entre las clases populares urbanas surgieron otras formas de acción colectiva; sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX mientras las clases medias urbanas propias de la sociedad liberal capitalista despegan surgirá un proletariado de fábrica y servicios formado por empleados, dependientes, artesanos… y el 90% de las mujeres de estas clases populares empleadas en el servicio doméstico (criadas, costureras, amas de cría…). Son nuevos métodos de explotación  y crecientes las desigualdades.
El contexto europeo es explosivo, el impacto de la Internacional llegó por los sucesos de la Comuna de París (1871) y en España movimientos socialistas o próximos coincidieron con corrientes como el federalismo republicano y dieron paso a episodios con elementos comunes como el movimiento cantonal de 1873.
“El republicanismo se puede interpretar, por tanto, como una movilización desde abajo que no solo defendía a las clases populares de la exclusión que les aplicaba el nuevo Estado, sino que movilizaba a los ciudadanos en acciones planteadas desde su rango de iguales, y que desplegaba nuevas reglas para las prácticas sociales (...)Gracias al empeño de proponer la educación como una solución para la cuestión social, el republicanismo movilizó a las clases medias en la defensa de la instrucción pública para el progreso social”. Juan Sisinio Pérez Garzón no disimula su reivindicación del republicanismo en su legado ético frente al comportamiento inmoral de las oligarquías en este periodo. Manido y simplista recurso a la “superioridad moral” de la izquierda añado yo, el republicanismo no siempre actuó guiado por la ética y por ausencia de esta también se pueden entender posiciones maniqueas impuestas a conciencia.
La segunda etapa, de 1890 a 1978 la sitúa Pérez Garzón: “En 1890 se implantó definitivamente el sufragio universal masculino con lo que eso supuso para el despliegue de un nuevo proceso democratizador de la ciudadanía política y social, por un lado, y, por otro, despegó el sindicalismo obrero, ya autorizado tras la ley de asociaciones de 1887. Frente a la ciudadanía liberal, basada en las libertades políticas pero con un voto censitario, surgió una nueva ciudadanía que aspiró a transformar democráticamente las relaciones sociales y de poder, pues no solo se ampliaba el derecho al voto sino que las clases trabajadoras irrumpieron desde los sindicatos con nuevas alternativas que hicieron de los derechos sociales la bandera para organizar la sociedad”.
Son de esta etapa las herencias vigentes de formas cooperativas, sindicales y políticas, como la formalización del poder de los medios de comunicación y la expansión de la cultura de masas como de la expresión de lo lúdico o el bienestar social. Obviamente en el periodo procesos brutales como la Guerra Civil (1936-1939) y la consiguiente dictadura hasta 1976 debe entenderse en clave de excepcionalidad propia de una fatal dictadura.
Tras la primera revolución industrial centrada en lo textil, a finales del XIX aparece la electricidad, el motor eléctrico, la industria química y el resto de tecnologías en un proceso expansivo en Occidente: vivimos tiempos de cientifismo como ideología del progreso en pleno desarrollo del capitalismo, y es que en el siglo XX la democracia capitalista dota al Estado de protagonismo absoluto como agente social y la ciudadanía se lanza a la conquista de derechos políticos y sociales.
“En el caso español los protagonistas de semejante devenir, en lo referido a las movilizaciones sociales, pueden resumirse en tres agentes: los obreros sindicalistas, las clases medias con sus afanes regeneracionistas o sus identidades nacionalistas y, sin duda, las mujeres que, al fin, se constituyeron como sujetos activos con voz propia”.
Hasta la ruptura de la II República el ritmo de la modernización social y económica según el autor fue creciente y el trágico bache se superará de nuevo a partir de la década de 1960 donde la emigración de los trabajadores, las inversiones extranjeras y las divisas del turismo cambiaron España; se produjo una desruralización inédita, el gasto público como intervención del Estado en la economía se disparó y el Estado liberal de 1890 se había transformado en el Estado social y democrático de derecho de la Constitución de 1978.
“La expansión del catalanismo fue creciente hasta 1923, pero también con su bifurcación entre el conservador de bases burguesas liderado por Prat de la Riba y luego que defendía la nación con su lengua y sus instituciones, federada con el resto de España, y el catalanismo de izquierda reformista representado primero por Rovira i Virgili y luego por el partido Esquerra Republicana que también concebían Cataluña como nación con derecho de autodeterminación, pero con mayor hincapié en las reformas sociales. En todo caso, desde 1907 el catalanismo fue un auténtico movimiento de masas que incluso provocó la reacción anticatalanista de la mano del partido republicano liberal, liderado por Lerroux, que arrastró a los obreros que no encontraban encaje en el sindicalismo anarquista.” Pérez Garzón no profundiza en la feroz lucha del sindicalismo obrero, y no solo ideológica, que este mantuvo con el nacionalismo siempre de carácter profundamente burgués.
En la pesadilla de la dictadura franquista se despertaron además de la lucha del movimiento obrero otras muchas, que van desde los movimientos vecinales auspiciados por el desarrollo urbano, nuevos movimientos sociales en forma de partidos políticos prohibidos, asociaciones de estudiantes desplegando la revolución cultural, u organizaciones de curas contrarios al Régimen, muchas veces colaborando e interactuando unos con otros.
La tercera etapa, todavía a delimitar, comienza en 1978 con la primera aprobación de una constitución por referéndum y la proclamación de un Estado democrático y de derecho, la entrada de España en la Unión Europea (1986), y se define por una sociedad postindustrial especialmente desde la década de los noventa que desborda el fordismo en favor del trabajo deslocalizado y flexible de la revolución tecnológica, informática y de las telecomunicaciones que democratizan el saber científico y cultural sin distinción social.
El cambio a una sociedad postindustrial como parte del capitalismo global generó incertidumbres y demandas que perfilaron una nueva lógica en los movimientos sociales en los años ochenta; manifestaciones y huelgas, pero ahora legales, seguirán siendo métodos habituales de sindicatos avalados por la Constitución y el feminismo se institucionalizaría.
Objetores de conciencia, ecologistas, pacifistas, antinucleares…, movimientos algunos ya vertebrados desde los setenta, se incorporan a las nuevas formas de protesta, y más adelante la condición de ciudadanos consumidores ha supuesto nuevas exigencias cívicas, en ese punto actúan defensores del comercio justo, antidesahucios… y en la defensa medioambiental aparecen junto con la dimensión de protesta social la argumentación científica, y en materia sexual, los movimientos de minorías sexuales con notable éxito han logrado transformar las libertades de costumbres y relaciones personales.
El marco democrático, la movilización trasnacional, el replanteamiento de las identidades a referencias universales que aporta la globalización y las nuevas prácticas de comunicación en forma de medios convencionales en los ochenta y la explosión de nuevas técnicas telemáticas de los noventa en las que el individuo se ha convertido en productor y difusor de sus contenidos contextualizan el periodo.
El cambio radical en la estratificación social ha alterado la composición profesional de las clases medias aunque su tamaño no difiera en porcentajes de la etapa del desarrollo industrial, pero el aumento de profesionales y cualificación ha sido un factor determinante en el desarrollo de los movimientos sociales; ahora bien, la clase de trabajadores no cualificados se mantiene constante desde mediados de los años noventa.
La desindustrialización y su consiguiente cambio de estructura de clases ha suavizado las diferencias sociales.
No se pasan por alto en Contra Poder, conflictos y movimientos sociales en la historia de España diversos colectivos que van desde asociaciones de víctimas de terrorismo a organizaciones de lucha contra el racismo entre otras, sin dejar pasar fenómenos actuales como la materialización política del 15M en Podemos en lo que muy arriesgadamente, y aquí el oficio de historiador puede ser un lastre para el análisis de la actualidad por falta de la lógica falta de perspectiva temporal:
 “… la supresión del antagonismo derecha-izquierda del que viven los partidos clásicos expresa la realidad sociológica de una sociedad capitalista postindustrial en la que se percibe sobre todo el desfase de expectativas entre la minoría de arriba y la mayoría de abajo. Un fenómeno nuevo es que las nuevas clases medias, con la crisis económica, han empezado a incluirse ellas mismas entre los de abajo.”
Tengo muy serias dudas de que un movimiento como Podemos logre aparecer en futuros análisis históricos como algo relevante, su simpleza de partida élite-pueblo, su pretensión de negar la condición de ciudadano en favor de la colectiva, su rechazo de la democracia representativa en favor de formas asamblearias, su obvio hiperliderazgo tantas veces grotesco y su absoluta incapacidad de desarrollo ideológico, unido a su dudosa procedencia más allá del ruido mediático le hace salir mal parado del análisis gramsciano con el que he querido iniciar esta reseña.
También el intento de proceso independentista catalán que cuando escribo estas líneas ha entrado en su fase más teatral y delirante con la pura y dura superación de la legalidad por parte del nacionalismo catalán y el parcial y soterrado apoyo de los antes citados Podemos, tienen su espacio en este libro que cierra corroborando que “aun con fuertes sentimientos de indignación, existe un amplio consenso sobre la necesidad no solo de conservar los contenidos y valores logrados con el actual Estado democrático  y social de derecho, sino sobre todo la urgencia de salir de la crisis afianzándonos para reforzar esos derechos y los mecanismos de justicia de un Estado de bienestar avanzado”. Que así sea.

Juan Sisinio Pérez Garzón ha logrado estructurar la historia de los movimientos sociales en España magistralmente, obviamente en las 333 páginas del libro el análisis que puede hacerse no puede entrar al detalle pero el objeto del libro era realizar una historia de España desde abajo y lo ha cumplido con creces.

La edición de Comares notable, aporta bibliografía no así índice onomástico, y aunque ello se deba al intento de evitar realizar una clásica historia de nombres y fechas, se hubiera agradecido igualmente.


En El Polemista reseñas relacionadas directamente con temas en esta tratados superan el centenar como puede verse en su índice: http://elpolemista.blogspot.com.es/2015/08/indice-de-el-polemista-hasta-septiembre.html



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