No creo que sea completamente inútil para contribuir a la solución de los problemas políticos distanciarse de ellos algunos momentos, situándolos en una perspectiva histórica. En esta virtual lejanía parecen los hechos esclarecerse por sí mismos y adoptar espontáneamente la postura en que mejor se revela su profunda realidad.
JOSÉ ORTEGA Y GASSET

jueves, 14 de abril de 2016

Dioses útiles, naciones y nacionalismos de José Álvarez Junco, Breve historia del mundo de Juan Pablo Fusi, y, necesitados de análisis racional.


Son muchas las menciones a la obra de José Álvarez Junco en El Polemista donde hay numerosas entradas relacionadas con nacionalismo y populismo, como también el lector encontrará reseña de Historia mínima de España de Juan Pablo Fusi: http://elpolemista.blogspot.com.es/2013/01/historia-minima-de-espana-de-juan-pablo.html
Dos libros de divulgación, Dioses útiles, naciones y nacionalismos (Ed. Galaxia Gutenberg) de Álvarez Junco no es una obra de investigación, el autor expone y contextualiza su trabajo anterior, pero aun no siendo un texto para el mundo académico cualquier lector lo va a disfrutar independientemente del nivel de conocimiento del tema porque una vez más el autor de Mater Dolorosa hace una verdadera demostración de la nitidez con la que trata la cuestión de la identidad nacional en un ensayo a medio camino entre la historia y la ciencia política con dos ideas esenciales:
“La identidad española, como cualquier otra, es una construcción histórica, producto de múltiples acontecimientos y factores, algunos estructurales pero en su mayoría contingentes. Es decir, que no hay nada atribuible a designios providenciales o misteriosos, ni tampoco a un espíritu colectivo que habite en los nativos del país desde hace milenios. Dicho de otra manera, no hay parecido a un “genio nacional” español. Y no hay tampoco ninguna excepcionalidad, anormalidad o rareza (…) Ningún proceso de construcción nacional en el mundo es idéntico al español. En este sentido, si, es excepcional o anormal. Pero es que todos los demás lo son también. Las naciones, los países, las sociedades, al igual que los individuos, son únicos (…) Pero todos estamos compuestos de los mismos ingredientes y somos explicables recurriendo a los mismos conceptos. En el caso de las naciones, el surgimiento y evolución de todas ellas se ancla en factores políticos, económicos o culturales que, en mayor o menor grado, se encuentran también en todas las demás (…) Es el error casi cómico del excepcionalismo: que no somos diferentes a los demás  ni siquiera en el hecho de pensar que somos diferentes. Todos somos iguales, entre otras cosas, porque todos nos creemos diferentes.”
La segunda idea esencial del libro es casi metodológica, José Álvarez Junco intenta evitar toda explicación vinculada a la esencia, a mentalidades, caracteres colectivos o “formas de ser” de los pueblos que son completamente inútiles en la racionalidad del planteamiento; y advierte el autor, entre modernistas y esencialistas se queda con los primeros, los humanos no han nacido y vivido siempre insertos en naciones, pero tampoco cree que la vinculación emocional de los individuos con las naciones sea un fenómeno exclusivo de los dos últimos siglos, antes existieron “naciones” pero no eran identidades colectivas que se atribuían soberanía sobre un territorio. Y añade respecto a su posición que es esencial para entender este Dioses útiles: la creación de naciones beneficia a ciertas élites (nacionalistas), pero el autor también rechaza la visión instrumentalista que le resulta casi conspiratoria.
Tras una larga disquisición sobre “el nombre de la cosa” o ¿cómo definir nacionalismo?:
“Si los grupos no son naturales ni estables, en contra de lo que creen los nacionalistas, sino difíciles de definir y dependientes de la voluntad de sus miembros, es inevitable concluir que no pueden fijarse de manera inmutable, sino prever la posibilidad de que evolucionen, desaparezcan, surjan otros nuevos, cambien de nombre o de categoría. Negarse a aceptar la existencia o el rango político de una identidad colectiva, aunque la mayoría de los directamente afectados insistan en defender su vinculación con ella, parece una actitud poco realista y, sobre todo, inútil. Porque estas discusiones no se deciden en el terreno de la discusión racional.”
José Álvarez Junco tras abordar la cuestión teórica pasa a desarrollar distintos casos de creación de identidades nacionales, desde Inglaterra a Francia, de Alemania como entidad étnica temprana pero Estado tardío a Italia también como entidad cultural temprana pero construcción política tardía. Rusia, de tercera Roma a paraíso del proletariado, Turquía tras el imperio otomano la nación turca, Estados Unidos con su identidad más individualista-libertaria y menos colectivista-autoritaria que la francesa o alemana (prototipos europeos).
Y por supuesto el caso español al que el autor dedica la mitad de este Dioses útiles; así, en nuestra formación tendríamos una monarquía prenacional como Inglaterra, Francia, Austria-Hungría, Rusia o Turquía. Varios reinos sometidos a una misma corona pero sin homogeneidad administrativa como Gran Bretaña, Rusia o Turquía. No tuvimos una fuerte revolución antiabsolutista como Inglaterra, EEUU o Francia ni la oleada nacionalista del siglo XIX que caracterizó a Italia, Alemania o Polonia. Si bien estados como Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia o Austria-Hungría desempeñaron un gran papel internacional los españoles renunciamos a ello aunque a cambio no sufrimos vecinos que fomentaran nacionalismos disgregadores como si los tuvieron otomanos y Habsburgo austriacos que les llevaron a conflictos internacionales que acabarían con su desintegración. La monarquía española perdió su imperio de ultramar pero se mantuvo intacta en Europa e intentó pasar de imperio a Estado-nación moderno como Turquía en circunstancias económicas y políticas muy hostiles llegando a un siglo XX español desolador “con lo que sobrevivió, pero seriamente cuestionada por segmentos de la población periférica, quizá no mayoritario, pero suficientemente amplios como para crear serios problemas que siguen sin resolverse.”
Interesantísimo el cuarto y último capítulo dedicado a las identidades alternativas a la española en la península ibérica:
Portugal como identidad compacta muy favorecida por su heterogeneidad cultural especialmente la lingüística desde la alta Edad Media en cuya formación tienen peso los elementos primordialistas, Cataluña como nación sin Estado: “Alrededor de la lengua hay toda una identidad étnica, ligada a una serie de marcas de catalanidad que está asumida por el conjunto de la población, como demuestra el hecho de que los representantes políticos elegidos democráticamente sean en mayor proporción nativos de Cataluña, catalanoparlantes y con más apellidos catalanes que el conjunto de la población que les ha elegido.” Desde un punto de vista geográfico la rivalidad entre Madrid y Barcelona desde finales del siglo XIX excepcional en Europa y un factor internacional crucial como a diferencia de Portugal es la ausencia de apoyos internacionales al independentismo.
La identidad vasca como triunfo de una leyenda con el papel central del Partido Nacionalista Vasco (PNV) que ha oscilado entre el fundamentalismo doctrinal y el autonomismo pragmático capaz de crear una comunión o comunidad identificándose con la sociedad en la que vive creando una trama asociativa que va desde los batzokis a las ikastolas en la que participa desde la familia a las cuadrillas, desde la propia iglesia católica a las sociedades folclóricas, deportivas, sindicatos… aunque carece de aportaciones y apoyos intelectuales de importancia.
Galicia, de débil nacionalismo pero fuerte primordialismo, y Andalucía y su regionalismo sin nacionalismo cierran antes de llegar a los apartados para notas, bibliografía y el imprescindible en estos casos índice onomástico en una edición impecable.

Dioses útiles, Naciones y nacionalismos es un libro excepcional que condensa magistralmente una parte esencial de la obra de José Álvarez Junco y que justamente en tiempos en los que el nacionalismo más zafio repunta en toda Europa y vuelven a ser una amenaza de la mano de populismos a izquierda y derecha es más necesaria que nunca.

Desde una posición ideológica muy diferente otro referente entre nuestros historiadores como Juan Pablo Fusi continúa con su faceta divulgativa y nos trae este Breve historia del mundo. De la Edad Media hasta hoy (Ed. Galaxia Gutenberg) que es todo un ejemplo de cómo divulgación y erudición pueden ir de la mano y este tipo de obra puede llegar a todos los públicos.
Si un pero se le puede poner a este libro es la ausencia de una introducción que hile los temas que trata en 70 capítulos muy cortos que además convierten a esta Breve historia del mundo en además de una apasionante lectura en un libro de consulta, pero sospecho que es intencionado y que el autor ha querido que sea el propio lector el que saque sus conclusiones.
Los dos primeros capítulos son toda una declaración de intenciones: El triunfo del cristianismo y el apogeo de la cristiandad: y es que estamos ante una visión claramente eurocéntrica del mundo, toda una reivindicación de la civilización occidental, tanto que otras civilizaciones decisivas en el devenir del mundo como la islámica u otras asiáticas son prácticamente ignoradas como tales y los fenómenos no Occidentales no tienen presencia trascendente hasta la parte del libro que llega al siglo XX; y podría ser también criticable, pero el propio relato histórico que pretende el autor lo justifica.
Aquí la Edad Media no aparece como una etapa oscura, muy al contrario es presentada como el principio de la concepción humana que ha evolucionado hasta nuestros días.
“La cultura grecorromana y el cristianismo fueron dos pilares fundamentales (no los únicos) de lo que se acabaría por llamar civilización europea. Lo que propiamente  vino a ser Europa  fue, en efecto, cristalizando a partir de los siglos IV-VIII de la era cristiana, al hilo, por tanto, de la interacción de la transformación del Imperio romano tardío, las migraciones de los pueblos germánicos, el desarrollo de Bizancio, la expansión del cristianismo, la experiencia de las comunidades judías, la aparición del islam y el nacimiento de estados y naciones occidentales.”
Naciones y estados nacieron en los siglos XI a XIV como estados en construcción y se convirtieron en estados soberanos en los siglos XIV y XV.
Y por seguir con el tema de los nacionalismos antes tratado pero que no es más que una parada en un libro como Breve historia del mundo no me resisto a poner una muestra de cuánto y tan bien se puede contar en tan poco espacio, en este caso del capítulo 52, Laboratorio de destrucción:
“En las últimas décadas del siglo XIX y los primeros veinte años del siglo XX, el nacionalismo cristalizó como principal factor de desestabilización de la política europea. Desde los últimos años del siglo XIX, con Maurras, Barrès y Acción Francesa, en Francia; con D’Annunzio, Marinetti y el futurismo, Corradini y la Asociación Nacionalista Italiana, en Italia; y con Treitschke, H.S Chamberlain, la Liga Pangermánica, la Sociedad Colonial Alemana, la Liga Naval y grupos y organizaciones similares, en Alemania (y Austria), el nacionalismo se definió como la principal alternativa ideológica al liberalismo. Bajo su inspiración y liderazgo, el nacionalismo devino una doctrina autoritaria, antidemocrática, antiparlamentaria, un nacionalismo de la derecha, que cifraba la política de la exaltación del Estado y de la nación, y que, en el caso alemán, incorporaba, además, ideas de superioridad racial y antisemitas, y una especie de irracionalismo mesiánico y biológico sobre el destino singular de las razas germánicas.
En Francia, el nacionalismo mantuvo vivo el revanchismo antialemán –tras la derrota francesa en la guerra franco-prusiana de 1870– y erosionó la legitimidad de la Tercera República, el régimen político del país de 1870 a 1940, en Italia, abanderó el irredentismo contra Austria, que aún retenía importantes territorios italianos, debilitó el sistema liberal y preparó el clima para la entrada del país en la Primera Guerra Mundial y para el fascismo de la posguerra (1919-1922). En Alemania, glorificó el prusianismo y el militarismo, la disciplina, el orden, el conformismo colectivo y la obediencia al poder que marcaron al Segundo Reich (1870-1918), y dio cobertura al giro alemán desde 1897 hacia una política mundial.”
Una vez más la edición que cuenta con cronología, bibliografía e índice onomástico contribuyen a que el libro sea más que un libro de divulgación.

Me permito añadir citas de ambos autores aparecidas estos días en prensa:
“El Estado es una estructura político administrativa que controla un territorio y a sus habitantes y que da unas normas de convivencia y que tiene la capacidad coercitiva para hacerlas cumplir. La nación, en cambio, es un sujeto etéreo que justifica la existencia del Estado. Es algo imaginario que está en nuestras mentes, al que se supone que pertenecemos porque somos una comunidad cultural (compartimos una lengua común o lo que sea) y el hecho de pertenecer a ese sujeto imaginario permite que se legitime la existencia del Estado.”
“Una cosa es lo nacional y otra el nacionalismo, igual que una cosa es tener apéndice y otra apendicitis. Lo primero lo tenemos todos, lo segundo es una enfermedad. La idea de pertenencia y de identidad a un ámbito de soberanía territorial con una serie de leyes, lo que es una sociedad, parece bastante natural, aunque no es imposible que en el futuro vayamos hacia formas supranacionales de sociedad. Esos sentimientos de identidad y pertenencia empiezan a identificarse como naciones y estados nacionales con sentimientos crecientemente emocionales probablemente a lo largo del siglo XIX y el XX. La exacerbación de lo nacional, la conversión de lo nacional, y no del individuo, en sujeto histórico de la política, que es lo que es el nacionalismo, es harina de otro costal. Eso sí es una ideología, no una necesidad ideológica más o menos natural (…) Si los nacionalismos finalmente no aceptan ningún modelo de Estado, es porque solo quieren la soberanía, no porque este sea fallido. Ningún Estado federal sobrevive si hay nacionalismos en sus estados federados. En Estados Unidos hay federalismo porque no hay nacionalismos y no al revés. Ningún Estado puede soportar un nacionalismo independentista (…) Ya lo dijo Ortega hace mucho tiempo, estos problemas no se resuelven, estos problemas se conllevan. Vamos a verlo. El nacionalismo también tiene momentos, en Cataluña puede haber fracasos, decepciones, su propia sociedad puede no estar dispuesta a ir tan lejos, nunca podemos saber qué es lo que puede pasar. Pero tenemos que tener las ideas claras sobre qué es la Constitución, cuál es el grado de poder que tiene Cataluña y que el modelo español reconoce el derecho pleno al autogobierno de determinadas nacionalidades y regiones con un poder real.”

Lo dicho, dos excelentes libros desde puntos de vista tan diferentes, algo inaccesible al nacionalismo.

Sobre la cuestión numerosas reseñas en el índice de El Polemista hasta enero 2016: http://elpolemista.blogspot.com.es/2015/12/indice-completo-de-el-polemista-hasta.html




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